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Dickens: mirada gótica |
Si el día de hoy,
en esta explanada, les confieso a todos ustedes que soy un asesino, nadie me va
a creer. ¿Quién creería una confesión de esa magnitud en un espacio como este? Si
les digo que asesiné a mi esposa, todos permanecerán tranquilos. Estarán
convencidos que solo lo digo porque estoy leyendo un relato de ficción que
nunca ocurrió. Que quiero jugar con sus cabezas y no en la manera en la que un
asesino lo haría. Solo a un desquiciado se le ocurriría confesar en pleno palacio
de Bellas Artes, rodeado no solo de tanta gente, sino de representantes de la
autoridad, que cometió un homicidio. Guardias que deberían llegar hasta mí para
esposarme y llevarme a prestar una declaración más formal, menos artística.[2] Únicamente
a un loco, o a una persona que entiende cómo funcionan las cosas. Que sabe que
el cinismo se lleva muy bien con los tiempos que corren.
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Con sus dos hijas |
Pues bien, aquí voy: me llamo José
Mariano Leyva. Soy escritor pero también soy un asesino. Cometí un crimen y
ahora, sin pudor se los refiero. Hace casi un año, el mes de mayo asesiné a la
que era mi esposa. No había una sola razón: habían varias. Desde hacía días no
soportaba su presencia. Cada vez que ella llegaba a la casa, sentía ganas de
huir. En mi hartazgo estaba también el de ella. El repudio mutuo. En las
comidas, cada vez que levantaba la mirada, ella estaba viéndome. Con el mismo
odio. Con el mismo semblante de asco, de repulsión. Esas miradas querían decir
muchas cosas: eran, por ejemplo, el reproche por el hijo que nunca tuvimos.
Ella insistió durante largos meses y yo le contestaba que no me interesaba. Que
solo quitaban tiempo, dinero y energías. Me enfurecía que mi esposa me viera
como una simple máquina reproductora. Dejamos de dormir juntos. A ella, el
reproche no le permitía estar en el mismo cuarto donde yo estaba. A mí me daba temor
que su insistencia se convirtiera en seducción y que yo flaqueara.
Algunos meses más tarde los papeles
se invirtieron. Yo entendí que la única manera de que me dejara en paz sería,
efectivamente con hijo. Una tercera persona que también aliviara el tedio entre
los dos. Se lo propuse. Ahora fue ella la que se negó. Me dijo que estaba
equivocada. Que un hijo sólo entorpecería su vida profesional. Que no quería
terminar como su madre quien había renunciado a carrera y oficio por culpa de
sus tres hijos. Para terminar de convencerse me dijo que un hijo, además,
ensuciaba todo. Que era sinónimo de desorden y ruido. Y mi ex mujer era una
fanática de la limpieza y el silencio. Había instalado doble vidrio en cada
ventana de la casa para filtrar toda noticia del exterior. Con la misma
determinación, trapeaba los pisos una vez por día y los enceraba dos por
semana. Esas eran las tareas que le resultaban más importantes que tener un
hijo. Entonces a mí me quedó todo claro. No había salida. Hasta cierto punto
ella tenía razón: ir por la vida con compañía no era otra cosa que aceptar un contratiempo,
tener que hacerse cargo de seres inútiles que detienen nuestra carrera hacia la
superación. No habría hijos, pero entonces, tampoco habría pareja. Ahí decidí
asesinarla. Y decidí hacerlo de la peor manera. Aquella mujer, aun hoy lo creo,
se merecía el peor de los castigos por haberme entorpecido mi vida durante
tanto tiempo.
Entiendo que a muchos de ustedes les
parezca exagerada mi resolución. Pero piénselo bien: el divorcio es para los
débiles. Trámites, peleas, gasto de dinero y la posibilidad de encontrarte con
tu ex pareja en cualquier rincón de la ciudad. Para ello mejor desaparecerla
del todo.[3] ¿No
es eso lo que muchos de los habitantes de este país están haciendo? Aniquilar en
vez de dialogar. Convencer a punta de pistola en vez de escuchar. ¿No hemos
escuchado las explicaciones más ridículas para asesinatos públicos, desde la
muerte de inmigrantes hasta hijas que aparecen al pie de la cama sin que los
padres lo supieran? Peor aún: ¿no se olvidan esos crímenes en menos de una
semana? Y para aquellos idealistas que todavía tengan dudas, reciban mi más
estudiada indiferencia. Lo siento mucho pero en un mundo donde las apariencias
lo son todo y lo que realmente hemos hecho, vale muy poco o nada, yo estoy
tranquilo. Tanto, que me parece perfectamente entendible que nadie me haya
detenido aún. Yo, a diferencia de los otros asesinos del país, declaro mi
culpabilidad, y nadie me cree. Me parece estupendo. Les cuento la verdad cobijado
por las miradas de todos ustedes. Por las sonrisas a medias que veo en los
rostros de los de atrás.
El día elegido tenía todo listo. En
las escaleras que suben al segundo piso de la casa, mojé con cera tres
escalones. Lo suficiente como para que se resbalara, pero no tanto como para que
pudiera advertir la trampa. Entonces fui a mi estudio. Jamás, en toda mi vida
esperé con tantas ansias que llegara de su trabajo. Cuando al fin llegó, lo
acepto, me froté las manos con emoción. Escuché como dejaba sus cosas, y como,
sin duda, iba preparando su reproche del día: que si el tráfico estaba
espantoso, que si el jefe de su trabajo era un desgraciado sin escrúpulos, todo
como si fuera mi culpa. De pronto un breve grito. Una exclamación aguda que fue
acallada por el claro crujir de unos huesos. Salí corriendo del estudio. Llegué
hasta las escaleras y la vi: tirada boca abajo, con las piernas en la parte más
alta de la escalera. Los brazos evidentemente rotos y el cuello torciéndose
hasta lo imposible. Vi su cara. En los ojos abiertos permanecía la mirada de
siempre. El reproche. El odio. Y de pronto: un pestañeo. La desgraciada no
estaba muerta del todo. Ni eso podía hacer bien la estúpida. En su
contemplación se adivinaba el odio. Nada de súplica. Incluso en aquel estado,
me retaba y detestaba. La boca, con muchos dientes quebrados, no podía emitir
sonido.
Fui hasta el estudio y tomé un pesado jarrón de plata que la madre de mi
esposa nos había regalado. Había sido el regalo de bodas más necio. Nunca
sirvió para nada más que para la ostentación. El jarrón nunca tuvo flores, tuvo
solamente pretensiones. La idea de que si una pareja tiene objetos materiales:
ipods, ipads, inmensas pantallas, carros del año, jarrones de plata, entonces son
exitosos. Como si eso fuera fiel reflejo de lo bien que le va a una pareja y no
lo contrario. Tomé entonces el mentiroso jarrón y regresé a la escalera. Ella y
su mirada seguían ahí. Levanté el jarrón lo más que pude y luego lo dejé caer.
Escuché un sonido seco. Un enorme hueso que se rompía.[4]

Deshacerme del cuerpo, curiosamente
fue más fácil. Una llamada telefónica y un hombre que no hizo preguntas se encargaron
de todo. Claro que no diré su nombre: una cosa es que yo les confiese mi crimen
y otra que delate a la única persona que sabía lo que hice, antes que ustedes. Lo
que sí les puedo decir es que ese hombre gana, en la oscuridad, más dinero que
personas que realizan actividades menos violentas y más constructivas.
Varios días después declaré su
desaparición. “Jamás llegó a casa”, dije. La policía investigó por un tiempo moderado,
pero estaba claro que con la enorme cantidad de asesinatos que se están
cometiendo en el país, y que reciben mayor atención mediática, la muerte de mi
esposa tenía poca importancia. Pronto el vigor policíaco desapareció. Por el
contrario, para la madre de mi mujer tenía toda la importancia del mundo. Me
fue a visitar varias veces a casa después de mi asesinato. La madre era muy
parecida al jarrón de plata que nos había regalado: con muchas pretensiones y
pocas utilidades. No era mala persona, pero estaba obsesionada con las
apariencias. Para ella, el carro que manejabas era todo. La marca de tu ropa
era más importante que lo que sentías o pensabas.
Los primeros días se compadeció de mí. Ella lloraba mientras yo fingía
llorar. Pero luego, cuando las esperanzas de encontrarla fueron desapareciendo,
comenzó a sospechar. Sin embargo, tenía un serio problema: buena parte del
dinero con el que vivía, que le permitía comprar autos y algunas joyas,
provenía de mis arcas. Un giro en la economía familiar que mi esposa había
tramado hacía mucho tiempo y que yo toleré. Así, mi suegra arriesgaría muchas
cosas, pero jamás los objetos materiales que sostenían su apariencia. Eso la
hacía creer que era mejor que los demás, Los demás, por cierto, solían creer la
misma mentira.[6] Es curioso: uno se para
frente a las personas y declara un crimen con completa honestidad y nadie le
cree. Por el contrario si otra persona se eleva por medio de mentiras, todo
mundo queda convencido. Tal vez por eso la política resulta tan exitosa. Tal
vez por ello la violencia que la política genera, nos resulta tan natural. En
fin, al final todo eso jugó a mi favor. De alguna manera mi suegra sospechó lo
que había ocurrido. Y fue incapaz de decir una palabra. Como ahora era
solamente mía la responsabilidad de que parte de mi dinero fluyera hacia su
bolsillo, prefirió sus apariencias a hacer cualquier tipo de justicia.
Esta es mi historia. Es real. Lo que
tienen enfrente es a un asesino que confiesa. Pero la incredulidad es mi
aliada. Me encubro a la perfección en medio de lo que sucede en el país. Si no
nos importan los asesinatos que todos los días vemos en cualquier parte ¿por
qué habría de importarles este en específico? Tantos muertos en la calle que
uno más ¿qué importa? La rabia que puedan tener se les va a desaparecer, lo
prometo. Se les va a olvidar. Estamos acostumbrados a imaginar masacres como un
evento diario que no tiene mayor importancia. Pero si acaso creen que es
desagradable presenciar la cínica confesión de un asesino, que es un insulto que
el homicida te diga en la cara que cometió un crimen y que quedará impune, que
no habrá guardia ni gendarme que lo detenga, entonces ¿por qué no sentir lo
mismo con las masacres que ves en la tele, en los diarios? La lejanía no lo
justifica. Una muerte impune, por más distante que parezca, no debería dejarnos
impávidos. Porque ¿qué son ustedes? ¿Hombres de justicia o jarrones de plata?[7]
Texto leído en la explanada del Palacio de Bellas Artes, Día internacional del libro, 2012.
[1] El siguiente texto está
basado en los relatos breves Confesión
encontrada en una prisión de la época de Carlos II (1840) y El manuscrito de un loco (1836) de
Charles Dickens. Tres relatos que se inscriben en un estilo poco conocido del autor:
más cercano al misterio y al tono gótico, aunque jamás carente de su consabida
y marcada crítica social. Ambas son confesiones de asesinos cuyos motivos
homicidas quedan plasmados en alguna especie de documento. Está también anotado
con observaciones y comentarios de análisis histórico, todos al pie de página
que en su mayoría intentan analizar aquel primigenio estilo literario. Se
sugiere leerlo primero, ignorando las referencias y luego, si la paciencia es
suficiente, incluyéndolas en la lectura.
[2] Los referidos relatos de
Dickens toman al asesinato como una forma de crítica social. Lo que hoy puede
parecernos no tan atrevido, en la primera mitad del XIX podía ser incluso,
escandaloso. Dickens, sin embargo, tenía un antecedente que había abierto brecha:
El asesinato considerado como una de las
bellas artes de Thomas de Quincy (1785-1859), publicado 15 años antes de
que salieran sus cuentos en 1822, un auténtica polémica literaria que sentó
precedente en la crítica social basada en la violencia.
[3] Dickens se divorció en
1858, en una época en la que el divorcio era un estigma social pésimamente
visto, peor aun para una figura pública como él.
[4]Aun en sus tonos más oscuros, Dickens jamás logró
tonos de violencia tan explícitos. La época y, tal vez, su propia ética, no lo
permitieron. Sin embargo, el cinismo siempre fue uno de sus blancos favoritos.
Un hombre que declara públicamente que es un asesino (como sucede en ambos
relatos a los que me refiero), constituía una eficaz fórmula que aunaba
violencia, cinismo y crítica. El día de hoy la literatura que intenta cumplir
con esos rasgos, suele elevar los niveles de violencia (Cfr. Bret Easton Ellis con Psicópata
americano, 1991) tal vez para provocar mayor consternación a un público con
menores ataduras morales, y lograr así que el efecto de la diatriba se siga
cumpliendo.
[5] Sin importar los estilos
que Charles Dickens practicó –periodismo, cuentos obscuros o novelas cómicas—la
crítica social siempre está presente. Ese tal vez sea el rasgo más vigoroso del
escritor.
[6] En El manuscrito de un loco el hermano de
la esposa muerta se da cuenta de quién es el asesino, pero le cuesta trabajo
aceptarlo porque ese mismo hombre le compró un puesto militar. De hecho, la
hermana casa con el “loco” por asuntos estrictamente monetarios para su
familia.
[7] La confrontación del
moralista es otro de los recursos más característicos de Dickens. Una necesidad
por incluir activamente al lector y hacerlo que tome partido. La
estratificación social, la pobreza y la ostentación de la riqueza eran atacados
de manera sistemática.
Hola, estoy buscando tu correo para extenderte una invitación para participar en un Encuentro Internacional de Escritores en Monterrey, NL. CONARTENL. ojalá pudieras contactarme renaterdz@gmail.com
ResponderEliminarSaludos
Renata Rodríguez